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En el panorama literario, desde la caída, en 1503 del reinado aragonés, cuando Nápoles ingresó en la monarquía hispánica, las humanidades, que hasta entonces habían formado parte de la administración regia, se veían ahora reducidas al ámbito privado de la Academia pontaniana, que había logrado sobrevivir bajo la presidencia de algunos de sus miembros más antiguos e ilustres, como, por ejemplo, Girolamo Carbone, Iacopo Sannazaro y ahora Scipione Capece, en cuya casa, teóricamente, se reunían los académicos. Por otro lado, en la literatura vulgar, el espacio que tradicionalmente había ocupado en la corte aragonesa vino a ser substituido por el de las distintas cortes nobiliarias que en Nápoles conformaban el sistema feudal, crecidas al amparo de los antiguos monarcas aragoneses, y especialmente en el de aquellas grandes familias que, como los Ávalos, habían sido educadas según los valores del humanismo. Especialmente relevante es en este sentido la labor ejercida por esta familia desde la isla de Ischia ya a comienzos de siglo, con un patrocinio y mecenazgo todavía presente en la década de 1530, esta vez en el entorno de Alfonso de Ávalos y de la poetisa Vittoria Colonna, en un contexto radicalmente distinto al de principios de siglo, con el florecimiento de nuevos espacios para el desarrollo de la literatura, como es también el del entorno del virrey Pedro de Toledo, la villa de Leucopetra de Bernardino Martirano o el de los jardines del convento de San Giovanni a Carbonara, donde, también teóricamente, se reunía el séquito de escritores y de humanistas cercanos a la figura de Girolamo Seripando. Los autores que presentamos aquí forman parte del conjunto heterogéneo de personalidades vinculadas al mundo literario que Garcilaso pudo leer o conocer personalmente a su llegada a Nápoles.
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